
— Ahora, muy buenas otra vez — dijo él —. Encantado de conocerla, yo me llamo Pavlysh.
— Y yo, Marina Kim.
— Si puedo serle de alguna utilidad…
— Fume — dijo Marina —. Se ha olvidado de sacar el cigarrillo.
— Tiene razón.
— ¿De qué nave es usted?
— ¿Por qué cree que no soy de aquí?
— Es usted de la Flota de Altura.
Pavlysh no dijo nada. Esperaba.
— Lleva en las suelas herraduras magnéticas.
— Todo planetonauta…
— En la Flota de Altura, son siempre niqueladas. No se puso, en vez de los pantalones del uniforme cotidiano, los de ante que usaban los húsares. Además, la sortija. Tributo a sus años de la escuela. Esas esmeraldas las talla el cocinero de Tierra-14. No me acuerdo de su nombre.
— Hans.
— Ve usted.
Por fin, Marina se sonrió. Solo con los labios.
— En fin de cuentas, eso no tiene nada de sorprendente — observó Pavlysh —. Aquí, uno de cada diez pertenece a la Flota de Altura.
— Sólo los que se quedaron para asistir al baile de máscaras.
— No son pocos.
— Usted no es de esos.
— ¿Por qué, Sherlock Holmes?
— Lo siento. Cuando se está de mal humor, se intuyen las desgracias de los demás.
— No sufro ninguna desgracia — dijo Pavlysh —. Es un pequeño contratiempo. Volaba a Corona, y en la Tierra me dijeron que mi nave partiría de la Luna después del baile, como todas. Pero se marchó antes. Ahora no se cómo llegar a mi destino.
— ¿Debía usted volar en la «Aristóteles»?
