— ¿También sabe eso?

— Es la única nave que salió el día del baile — dijo Marina —. Yo me apresuré también para tomarla. E hice tarde, lo mismo que usted.

— ¿La esperaba allí… alguien?

Pavlysh no sospechaba antes que pudiera disgustarlo tanto el cuadro que le pintaba su imaginación: Marina corría hacia la escalera de la nave, junto a la que la esperaba, con los brazos abiertos, un corpulento capitán… o navegante.

— Habría podido quedarse — dijo Marina —. Nadie lo habría censurado. No quiso verme. Despegó a la hora exacta. Seguro que la tripulación se sintió descontenta. Como ve, soy yo la culpable de que usted no haya partido aún para Corona.

— Creo que exagera usted — objeto Pavlysh, esforzándose por vencer sentimientos atávicos, indignos de un hombre civilizado.

— ¿No le parezco una mujer fatal?

— En absoluto.

— No obstante, soy una delincuente.

Pavlysh apagó el cigarrillo e hizo la más tonta de las preguntas:

— ¿Lo quiere?

— Confío en que él me quiere también — respondió Marina —, aunque ahora empiezo a dudarlo.

— Eso suele ocurrir — dijo Pavlysh con voz hueca.

— ¿Por que se ha disgustado? — preguntó Marina —. Hace diez minutos que me vio usted por primera vez en su vida, y esta ya dispuesto a obsequiarme con una escena de celos. Es necio, ¿verdad?

— No puede serlo más.

— Es usted divertido. Ahora me quito la peluca, y se desvanecerá el encanto.

— Precisamente quería pedirle eso.

Pero a Cenicienta no le dio tiempo a quitarse la peluca.

— ¿Qué haces aquí? — clamó con mucha prosopopeya un patricio romano que llevaba una blanca máscara de teatro —. Fue un milagro que se me ocurriera bajar por la escalera.

— Le presento a mi viejo amigo Salias — dijo Pavlysh, levantándose —. Me ofreció cobijo aquí y me proporciono mi disfraz.



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