
Pavlysh caminaba a lo largo de la orilla. El viento le daba en la espalda, lo empujaba. La cúpula de la casita disminuía rápidamente y apenas si se veía ya entre las rocas y las piedras. Pavlysh caminaba con la misma velocidad con que rodaba el sol hacia la ladera del monte. Se disponía a llegar a la lengua de tierra para ver como el astro se ocultaba tras el horizonte. El monte se cernía detrás como una gran fiera somnolienta. Las nubes habían desaparecido, como si se hubiesen apresurado en pos del sol hacia donde había luz y calor. El hielo de la orilla ya no cedía a los débiles golpes de las olas, no se rompía ni se acumulaba en larga cenefa de fragmentos a lo largo del borde de la playa, sino que cubría la laguna como si fuera aceite, y solo en algún que otro lugar de la aceitosa superficie mate podían verse manchas del color del cielo del ocaso. Pavlysh resolvió que debía ya volver sobre sus pasos.
De la ladera del monte se desprendió una piedra, pasó junto a el dando saltos, fue a parar al mar y levantó un surtidor de agua y de pedacitos de helado aceite. Pavlysh miró hacia arriba: ¿no sería un alud? No; la piedra se había desprendido porque del monte bajaba lentamente el dueño y señor de aquellos lugares. Por lo visto, había decidido regalarse con los moluscos de la orilla.
