
— No he sido yo, sino mis bondadosas enfermeras — objeto Salias, tendiendo la mano —. Soy esculapio.
— Marina — se presento la chica.
— Creo haberla visto en alguna parte.
Marina levanto lentamente la mano y se despojo de la blanca y rizosa peluca. El hirsuto y corto pelo negro transformo al instante su rostro, introduciendo en el armonía. Marina sacudió la cabeza.
— Sí, nos vimos, doctor Salias — dijo —. Y usted lo sabe todo.
— La peluca la favorece — observo Salias, que era de natural bondadoso y blando.
— ¿Quiere usted decir que, con ella, es más difícil reconocerme?
— ¿No sería una falta de tacto que yo me mezclase en asuntos ajenos?
— ¡Perfecto! — rió Marina —. Lo tranquilizaré. Mi aventura toca a su fin. Por cierto, hace ya un buen rato que converso con su amigo, pero casi no se nada de él. Aparte de que es muy divertido.
— ¿Divertido? Yo diría más bien que es un mal educado — dijo Salias, muy contento del cambio de tema.
— Un húsar bien educado jamás se haría pasar por un bello príncipe.
— Ni siquiera es húsar — comento Salias —. Es, simplemente, el doctor Slava Pavlysh, de la Flota de Altura, médico de a bordo, un genial biólogo fracasado, una persona trivial.
— Tenía yo razón — dijo Marina.
— No se lo discutí — asintió Pavlysh, admirando francamente a la chica.
Salias dejo escapar una tosecilla.
— Debe usted marcharse ya — dijo Marina.
— ¿Y usted?
— También. Están dando las doce.
— Se lo pregunto en serio — dijo Pavlysh —. Aunque comprendo…
— No comprende usted absolutamente nada — replicó Marina —. Procuraré acercarme al tablado de la orquesta, pero primero iré a la habitación para recoger mi careta.
Marina levantó un tanto los bajos del largo vestido blanco y corrió escaleras abajo. En su otra mano se agitaba la peluca blanca, recordando una fierecilla viva de largo pelo.
