
— ¡La esperaré! — le gritó en pos Pavlysh —. Daré con usted aunque cambie de apariencia, incluso junto a la cocina de una pobre choza.
Marina no respondió.
Salias tiro a Pavlysh de la manga.
— Oye — dijo Pavlysh, cuando subían ya la escalera —, ¿es verdad que la conoces?
— No; no la conozco. Lo mejor será que la olvides.
— ¡No faltaría más! ¿Esté casada?
— No.
— Hablas con mucha seguridad de una persona a quien no conoces.
— Soy un viejo y sabio cuervo.
— Pero ¿por qué debo olvidarla?
— Será lo mejor. Comprende que, a veces, te encuentras con una persona a quien te gustaría volver a ver, pero las circunstancias hacen que nunca más des con ella.
— Tú me subestimas.
— Es posible.
Salieron al pasillo. La muchedumbre llenaba la sala. La orquesta recibía a las máscaras tocando una melodía moderna, de desgarrado ritmo.
— ¡Vendrá al tablado! — gritó Pavlysh.
— Tal vez — dijo Salias.
El torrente humano se esparcía por el ancho túnel. Reflectores con cristales de distintos colores deslizaban sus rayos por el gentío, produciendo la impresión de una noche estival al aire libre. Era difícil creer que todo aquello sucedía en la Luna, a treinta metros de su muerta superficie.
Unos diez minutos después, Pavlysh logró escapar de las locuaces enfermeras y se dirigió hacia el tablado. Veía sobre su cabeza las redondeadas patas del piano y los zapatos del pianista, que apretaban ya uno ya otro pedal, como si el hombre condujera un antiguo automóvil.
A Marina Kim no se la veía. ¡Imposible que hubiera prometido acudir con el único fin de desentenderse de Pavlysh!
Un monje de negra sotana con el capucho caído sobre las cejas se acercó a Pavlysh y le preguntó:
— ¿No me has reconocido, Slava?
— ¡Bauer! — exclamó Pavlysh —. Claro que sí. Gleb Bauer. ¿Qué haces aquí, trasto viejo? ¿Hace mucho que te retiraste del mundo?
