— No te burIes del prójimo, hijo mío — dijo Gleb —. Aunque no hay Dios, yo soy su representante en la Luna.

— ¿Baila usted, monje? — preguntó, con voz imperiosa, una mujer que llevaba un escamoso disfraz de ondina —. ¿No ha oído el anuncio de que esta vez sacan las damas?

— Acepto gustoso su invitación — respondió Bauer —. Procure no inducirme a pecado sin necesidad.

— Allá veremos — dijo la ondina.

— Slava — pidió Bauer, al alejarse con su pareja del tablado —, no te marches.

— Te esperaré — prometió Pavlysh.

Unos mosqueteros entraron empujando un barril de sidra e invitaron a sentarse a las mesas a todos los que desearan probarla. La cabeza de Bauer sobresalía de todas en la muchedumbre. Un alquimista con estrellas de papel de plata pegadas a su atuendo subió de un salto al tablado y se puso a cantar. Alguien encendió al lado una luz de bengala. Marina seguía sin aparecer.

Pavlysh resolvió esperar hasta el final. A veces era muy tozudo.

La joven había ido allí para encontrarse con el capitán de la «Aristóteles». Pero él no había querido siquiera verla y no permitió a su tripulación quedarse para asistir al baile de máscaras. Era un hombre cruel. O se sentía muy dolido. Debería preguntar a Bauer, que conocía a todos, el nombre del capitán. Salias sabía algo, pero se salía por la tangente. En fin, no importaba, lo obligaría a confesar cuando se quedaran solos en la habitación.

Pavlysh decidió volver a la escalera. Si Marina acudía, la recibiría allí. Pero, después de haber dado unos pasos, volvió la cabeza y vio que Bauer había regresado junto a las tablas y miraba alrededor, al parecer, buscándolo a él. Hacia Bauer se había abierto paso el retaco con ojuelos de ratoncillo y, alzado de puntillas, lo reprochaba con voz imperiosa y seria. Bauer descubrió por fin a Pavlysh y lo llamó con la mano. Pavlysh volvió a deslizar la mirada por las parejas. Cenicienta no estaba allí.



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