
No hablaron mucho en el trayecto a casa, pero Jack le recordó que al día siguiente iría a comer a Camp David con el presidente.
– Te veré en el avión a las dos y media -dijo con aire distraído.
Todos los fines de semana iban a Virginia, donde Jack había comprado una granja un año antes de conocer a Maddy. Él adoraba ese lugar, y ella había acabado por acostumbrarse a él. Tenía una casa laberíntica y cómoda, rodeada por kilómetros de tierra. Había cuadras y algunos purasangre. Pero a pesar del bonito paisaje, Maddy siempre se aburría durante su estancia allí.
– ¿No podríamos quedarnos en la ciudad este fin de semana? -preguntó con esperanza mientras entraban en la casa, después de que Charles los dejase en la puerta.
– No. He invitado al senador McCutchins y a su esposa a pasar el fin de semana con nosotros. -Tampoco se lo había dicho.
– ¿Otro secreto? -preguntó Maddy, irritada. Detestaba que él no la consultase en situaciones semejantes. Lo mínimo que podía hacer era avisarle que tendrían visitas.
– Lo lamento, Maddy, he estado muy ocupado. Esta semana he tenido muchas cosas en la cabeza. Hay problemas en la oficina. -Ella sospechó que estaba preocupado por la reunión en Camp David. Sin embargo, habría podido avisarle que los McCutchins pasarían el fin de semana con ellos. Jack lo admitió con una sonrisa tierna-. Ha sido una falta de consideración por mi parte. Lo siento, pequeña.
Resultaba difícil seguir enfadada con él cuando hablaba de esa manera. Era un hombre encantador, y cuando ella empezaba a enfurecerse con él, descubría que era incapaz de hacerlo.
– Está bien, solo me habría gustado saberlo.
No se molestó en decirle que no soportaba a Paul McCutchins. Jack lo sabía. El senador era un gordinflón prepotente y arrogante, y su esposa le tenía terror. Siempre estaba demasiado nerviosa para decir más de un par de palabras cuando Maddy la veía, y parecía asustada de su propia sombra. Hasta sus hijos se veían nerviosos.
