Paul McCutchins saludó a Jack con una sonora palmada en la espalda y abrazó a Maddy con excesiva confianza, sin que su esposa Janet dijera nada. Los ojos de la mujer se cruzaron fugazmente con los de Madeleine. Era como si temiese que descubriera un oscuro secreto si la mirada se prolongaba un poco más. Había algo en Janet que invariablemente incomodaba a Maddy, aunque no sabia de qué se trataba ni había dedicado mucho tiempo a pensar en ello.

Pero Jack quería hablar con Paul sobre un proyecto de ley que este respaldaba. Estaba relacionado con el control de armas, un tema extremadamente delicado y de eterno interés periodístico.

Los dos hombres se dirigieron a las cuadras prácticamente en cuanto llegaron Jack y Maddy, dejando a esta última con la pesada carga de entretener a Janet. La invitó a entrar y le ofreció limonada fresca y unas galletas hechas por la cocinera de la casa, una italiana maravillosa que llevaba años trabajando para ellos. Jack la había contratado poco antes de casarse con Maddy. La granja parecía más de su marido que de ambos, y él la disfrutaba mucho más que ella. Estaba aislada, lejos de todo, y a Maddy nunca le habían gustado mucho los caballos. Jack, en cambio, la usaba a menudo para recibir relaciones de negocios, como Paul McCutchins.

Mientras se sentaban en el salón, Maddy preguntó por los niños de Janet, y cuando terminaron la limonada sugirió que fuesen a dar un paseo por el jardín. La espera de Jack y Paul se le antojó eterna. Habló de cosas intrascendentes, como el tiempo, la granja y su historia y los nuevos rosales que había plantado el jardinero. Y se quedó de piedra cuando miró a Janet y vio que estaba llorando. No era una mujer atractiva: sobrada en kilos y pálida, tenía un aire de profunda tristeza. Ahora más que nunca: mientras las lágrimas se deslizaban incontrolablemente por sus mejillas, su aspecto era absolutamente patético.



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