
– ¿Se encuentra bien? -preguntó Maddy, incómoda. Era obvio que Janet no se encontraba bien-. ¿Puedo hacer algo por usted?
Janet Cutchins negó con la cabeza y lloró con más ganas.
– Lo siento -fue lo único que atinó a balbucir.
– No se preocupe -dijo Maddy con tono tranquilizador y la acompañó a una silla de jardín para que Janet recuperara la compostura-. ¿Quiere un vaso de agua?
Mientras Maddy eludía su mirada, Janet se sonó la nariz y alzó la vista. Su expresión adquirió un aire apremiante cuando sus ojos se encontraron.
– No sé qué hacer -dijo con una voz frágil que conmovió a Maddy.
– ¿Puedo ayudarla de alguna manera? -Se preguntó si la mujer estaría enferma, o si le pasaría algo a uno de sus hijos, pues parecía deshecha, profundamente infeliz. Maddy no podía imaginar lo que le ocurría.
– Nadie puede hacer nada. -Estaba desesperada, totalmente abatida-. No sé qué hacer -repitió-. Es Paul. Me odia.
– Claro que no -dijo Maddy sintiéndose como una estúpida. De hecho no sabía nada de la situación. ¿Por qué iba a odiarla?
– Lo ha hecho desde hace años. Me atormenta. Se casó conmigo solo porque me quedé embarazada.
– En los tiempos que corren, no seguiría a su lado si no quisiera.
El mayor de sus hijos tenía doce años, y habían tenido otros dos. Sin embargo, Maddy debía admitir que jamás había visto a Paul tratar con cariño a su mujer. Era una de las cosas que no le gustaban de él.
– Desde el punto de vista económico, no podemos permitirnos un divorcio. Y Paul dice que también lo perjudicaría políticamente. -En efecto, cabía esa posibilidad, pero otros políticos habían superado el trance. Maddy se quedó estupefacta con la siguiente declaración de Janet-: Me pega.
