
– La noticia saldría en los periódicos -respondió Janet, todavía llorando y sintiéndose impotente.
– También saldrá en los periódicos si él la mata -dijo Maddy con firmeza-. Prométame que hará algo. ¿Maltrata también a los niños?
Janet negó con la cabeza, pero Maddy sabía que la situación era más compleja. Aunque no los tocase, estaba trastornándolos y asustándolos, y algún día las niñas se casarían con hombres parecidos a su padre, tal como había hecho Maddy, y el hijo pensaría que era aceptable pegarle a una mujer. Nadie salía indemne de una casa en la que se agredía a la madre. Esa situación había arrojado a Maddy a los brazos de Bobby Joe y la había inducido a creer que él tenía derecho a pegarle.
Justo cuando Maddy tomó la mano de Janet, oyeron a los hombres que se acercaban. Janet retiró rápidamente su mano, y unos segundos después, su expresión se volvió impasible. Cuando los hombres llegaron junto a ellas, fue como si la conversación que acababan de mantener no hubiera tenido lugar.
Esa noche, en la intimidad, Maddy se lo contó todo a Jack.
– Le pega -dijo, todavía afectada por la noticia.
– ¿Paul? -Jack pareció sorprendido-. Lo dudo. Es algo brusco, pero no creo que haga una cosa así. ¿Cómo lo sabes?
– Me lo dijo Janet -respondió Maddy, que ahora era su amiga incondicional. Por fin tenían algo en común.
– Yo no me lo tomaría en serio -repuso Jack en voz baja-. Hace unos años, Paul me contó que su mujer sufría trastornos mentales.
– Vi los cardenales -dijo Maddy, enfadada-. Yo le creo, Jack. He pasado por eso.
– Lo sé. Pero tú no sabes cómo se hizo esos cardenales. Es posible que se haya inventado esa historia para hacerlo quedar mal. Me he enterado de que Paul está liado con otra. Puede que Janet pretenda vengarse difamándolo.
