
La opinión que Maddy tenía del senador empeoraba por momentos, y no tenía la más mínima duda de que Janet decía la verdad. Solo pensar en ello hacía que detestara a Paul.
– ¿Por qué no le crees? -preguntó Maddy, irritada-. No lo entiendo.
– Conozco a Paul. Es incapaz de hacer algo semejante.
Mientras lo escuchaba, Maddy tuvo ganas de gritar. Discutieron hasta que se fueron a la cama, y ella estaba tan furiosa con Jack que se alegró de que esa noche no hicieran el amor. Se sentía más unida a Janet McCutchins que a su propio marido, como si tuviese más cosas en común con ella que con él. Pero Jack no pareció advertir la magnitud del enfado de su esposa.
Al día siguiente, antes de irse, Maddy le recordó a Janet que se pondría en contacto con ella en cuanto tuviese la información que necesitaba. Pero Janet la miró como si no supiese de qué hablaba. Tenía miedo de que Paul las oyera. Se limitó a asentir con la cabeza y se subió al coche. Unos minutos después se marcharon. Pero esa noche, mientras Maddy y Jack volaban hacia Washington, ella permaneció en silencio, mirando el paisaje por la ventanilla. Solo podía pensar en Bobby Joe y en la desesperación que había sentido durante sus solitarios años en Knoxville. Luego recordó a Janet y los cardenales que le había enseñado. Era como una prisionera que no tenía la fuerza ni el valor necesarios para escapar. En efecto, estaba convencida de que no lo conseguiría. Cuando aterrizaron en Washington, Maddy juró en silencio que haría todo lo posible por ayudarla.
Capítulo3
El lunes por la mañana, cuando Maddy fue a trabajar, se encontró con Greg, lo siguió a su despacho y se sirvió una taza de café.
– ¿Qué tal fue el fin de semana de la más elegante y famosa presentadora de televisión de Washington? -Le gustaba bromear sobre la vida que llevaba Maddy y sobre el hecho de que ella y Jack acudían con frecuencia a la Casa Blanca-. ¿Pasaste el fin de semana con nuestro presidente? ¿O te limitaste a ir de compras con la primera dama?
