
– Muy gracioso, tontaina -respondió ella y bebió un sorbo del humeante café. Todavía estaba alterada por la confesión de Janet McCutchins-. Lo cierto es que Jack comió con él el sábado en Camp Davis.
– Gracias a Dios que nunca me decepcionas. Me mataría enterarme de que tuviste que hacer cola en el lavadero de coches, como el resto de los mortales. Vivo mi vida a través de ti. Espero que lo tengas en cuenta. Todos lo hacemos.
– Créeme, no es tan emocionante como crees. -De hecho, ella no sentía que aquella fuese su vida. Tenía la sensación de que disfrutaba de parte de la celebridad que le correspondía a su marido-. Los McCutchins pasaron el fin de semana con nosotros en Virginia. Dios, él es un hombre despreciable.
– Un senador apuesto. Y muy distinguido. -Greg sonrió de oreja a oreja.
Maddy guardó silencio unos instantes, hasta que decidió confiar en Greg. Desde que habían empezado a trabajar juntos, se habían hecho íntimos; eran casi como hermanos. Ella no tenía muchos amigos en Washington: le faltaba tiempo para hacerlos, y cuando los hacía, a Jack no le caían bien y la obligaba a dejar de verlos. Ella nunca se quejaba, porque Jack la mantenía tan ocupada que prácticamente siempre estaba trabajando. Cada vez que conocía a una mujer con la que congeniaba, Jack salía con alguna objeción: la amiga en cuestión era gorda, fea, inapropiada para ella, indiscreta o, en opinión de él, tenía envidia de Maddy. Mantenía a su esposa cuidadosamente alejada del resto del mundo e inconscientemente aislada. Las únicas personas con las que podía intimar eran sus compañeros de trabajo. Sabía que Jack tenía buenas intenciones y que solo deseaba protegerla, de manera que no le importaba, pero eso significaba que el ser más cercano a ella era Jack, y en los últimos años, también Greg Morris.
– Este fin de semana pasó algo muy desagradable. -Comenzó con cautela, un poco incómoda por divulgar el secreto de Janet. Maddy sabía que ella no querría que la gente hablase del tema.
