Cuando bajó, él estaba en la cocina leyendo el Wall Street Journal. Alzó la vista y le sonrió. Maddy llevaba tejanos, un jersey rojo y mocasines rojos de Gucci. Tenía un aspecto fresco, joven y atractivo.

– Haces que me arrepienta de no haberte despertado anoche -dijo él con una sonrisa, y Maddy rió mientras se servía una taza de café y cogía el periódico.

– Con tantas reuniones, es obvio que el presidente y tú estáis tramando algo gordo. Debo tratar de ser más interesante que un cambio de gabinete.

– Puede que lo seas -respondió él sin dar explicaciones y ambos se concentraron en la lectura. De repente, Jack oyó un gemido y miró a Maddy-. ¿Qué pasa?

No pudo hablar por unos instantes. Trató de seguir leyendo el artículo, pero las lágrimas la cegaron y alzó la vista para mirar a su marido.

– Janet McCutchins se suicidó anoche. Se cortó las venas en su casa de Georgetown. Uno de los niños la encontró y llamó a urgencias, pero ya estaba muerta cuando llegaron. Dicen que tenía hematomas en los brazos y las piernas y que al principio sospecharon que se trataba de un asesinato, pero el marido explicó que la noche anterior ella había tropezado con el monopatín de uno de sus hijos y había caído por la escalera. El muy hijo de puta… él la mató. -Estaba agitada, casi sin aliento, y sintió cómo su cuerpo entero se tensaba al pensar en ello.

– Él no la mató, Maddy -dijo Jack en voz baja-. Se suicidó. Acabas de decirlo.

– Sin duda pensó que no tenía otra salida -repuso Maddy con un hilo de voz, y recordó esa sensación con total claridad mientras miraba a su marido-. Si tú no me hubieras sacado de Knoxville, yo habría hecho lo mismo.



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