Mientras cosen escuchan novelas y anuncios en la radio, programas de discos dedicados o consejos sentimentales. Escuchan un serial que se titula}Simplemente María} y se les humedecen los ojos en los momentos de más drama y de mayor desgarro amoroso, pero del ensimismamiento novelesco pasan sin transición a sus preocupaciones de orden práctico, y mueven la cabeza con los ojos fijos en la costura como descartando la pasajera debilidad que las ha llevado a acongojarse por los infortunios de gente que no existe. Escuchan, casi al final de la tarde, cuando el calor se apacigua porque ya no da el sol en el corral y comienza sobre los tejados el vuelo cruzado y vertiginoso de los vencejos, el consultorio sentimental de una señora de voz severa y afirmaciones imperiosas que dice llamarse Elena Francis, a la que le prestan más atención que a los personajes de las novelas, porque, a diferencia de ellos, están convencidas de que Elena Francis existe de verdad, y dedica su vida a leer las cartas que le escriben mujeres atribuladas, y cada tarde se pone unas gafas como de abogada o de maestra y lee respuestas en las que siempre hay una mezcla de comprensión bondadosa y de amenazante seriedad moral, con la que ellas -mi madre y mi abuela- están plenamente de acuerdo.

– Cállate, que ahora vienen los consejos.

– A ver qué le contesta a esa tunanta que se quiere ir con un casado.

– Mujer, tunanta no, que ella se ve que lo quería -mi madre es más indulgente con las debilidades amorosas, porque le recuerdan las películas que le gustan tanto-. Qué culpa tiene la pobre, si él no le había dicho que tenía otra familia.

Cada tarde, en



24 из 261