
En la claridad del amanecer blanqueaba a lo lejos la línea recta de espuma rompiendo silenciosamente contra la orilla del Atlántico. Desde la distancia la llanura pantanosa y las playas rectas y desiertas eran un paisaje primitivo y todavía no explorado por seres humanos, un territorio virgen muy anterior a las genealogías más antiguas de los homínidos, más próximo a los episodios originarios de la vida animal sobre la Tierra, a las primeras criaturas marinas todavía con branquias que se aventuraron a arrastrarse sobre el limo. Un poco antes, todavía de noche, se veían hogueras en las playas y constelaciones de faros de coches en las autopistas donde el tráfico se había detenido, una ingente peregrinación humana aproximándose desde muy lejos a esa cegadora luminosidad blanca de la pista de despegue, donde la luz de los reflectores resalta la verticalidad del cohete rodeado de nubes de vapor y el rojo andamio metálico al que está sujeto, y cuyos anclajes se desprenderán uno tras otro en el momento del despegue entre las llamaradas y las nubes de humo. La noche era honda y lejana al otro lado de los ventanales, y había una luz blanca de clínica en los corredores y en las grandes salas de control donde nadie parecía haber dormido desde mucho tiempo atrás: caras pálidas, camisas blancas, corbatas estrechas y negras, columnas de números parpadeando en las pequeñas pantallas abombadas de las computadoras. Miércoles, 16 de julio, 1969. Esperas tendido boca arriba, inmóvil, con los ojos abiertos, igual que has esperado en la oscuridad de un dormitorio en el que has despertado antes de que te llamara nadie, volviendo la cara hacia la mesa de noche y la esfera del reloj donde los números todavía no marcaban las cuatro de la madrugada. Las hogueras de los que han venido de muy lejos y han esperado despiertos el amanecer, los faros de los coches que no pueden seguir aproximándose por las autopistas congestionadas: verán de lejos, en el horizonte plano y caliginoso de la mañana de julio, la inmensa deflagración y la cola de fuego ascendiendo muy lentamente entre las nubes negras de combustible quemado. Pero esa lentitud es un engaño visual causado por la altura y el volumen del cohete: