
– Pero Baltasar, qué va a pensar la muchacha de esas cosas que le dices.
– Si no me oye, so tonta.
– Y tú qué sabes si nos oye o no nos oye.
– Cómo va a oírnos, si no está aquí.
– Tampoco estamos nosotros donde está ella y bien que nos mira y nos habla y oímos lo que dice.
– Porque tiene micrófono. ¿Tenemos nosotros un micrófono? -¿Y qué es un micrófono, tío? -Para qué hablaréis, si no sabéis nada.
Nos quedábamos hasta el final del último programa, mi hermana a veces dormida sobre mis rodillas, la mayor parte de los adultos roncando, con las bocas abiertas, salvo la sobrina coja, mi madre y yo, que no nos cansábamos de ver películas ni sabíamos apartar los ojos de la pantalla, del resplandor azul que irradiaba de ella a través del papel de gasa transparente que la cubría y llenaba la habitación de una penumbra acuática. Al final salía un cura de sotana negra rezando un padrenuestro, y después la bandera de España ondeante con un águila negra en el centro y la fotografía del general Franco, vestido de uniforme, y de pronto la pantalla se quedaba en negro, y luego aparecía como un temblor de copos de nieve o de puntos luminosos que también nos hechizaba. Nos quedaba una sensación rara, de fraude o congoja, como si no pudiéramos aceptar que el mundo en el que durante horas habíamos tenido fijados los ojos y ocupada hipnóticamente la atención ya no tuviera nada más que ofrecernos.
Se espabilaban los adultos, Baltasar bostezaba abriendo las dos ranuras de sus ojillos y tal vez se volvía de costado y se tiraba un pedo brutal, porque al fin y al cabo era el dueño de la casa, del televisor y del sillón de mimbre, así como de varios miles de olivos y no se sabía de cuántos miles de duros guardados en el banco, y hacía en sus dominios lo que le daba la gana. Nosotros, los invitados menos prósperos que él, los que habíamos recibido el favor de que nos dejaran ver la televisión, nos quedábamos callados, haciendo como que no habíamos escuchado ni olido nada. Apagaban el aparato y de la pantalla cubierta con papel azulado se desprendía un tenue chisporroteo de electricidad estática.
