
Había que apagar la televisión, desde luego, pero también el transformador con su piloto rojo, y hasta desconectaban el enchufe de la corriente, no fuera a ser que el rayo temido acabara cayendo, que saltara una chispa y se provocara un incendio. Decíamos buenas noches, salíamos a la realidad conocida de nuestra plaza, a la penumbra mal iluminada por la bombilla de la esquina, cruzábamos unos pasos y ya estábamos en nuestra casa. Yo advertía entonces que nuestro llamador era de hierro, no de bronce dorado ni de oro macizo, como me parecía el de Baltasar, y que nuestro portal, en vez de baldosas relucientes, tenía guijarros de empedrado, y en nuestro zaguán no había un zócalo de azulejos, y ya se notaba el olor del fuego de leña y la ceniza enfriada y del estiércol de los animales en la cuadra.
Observaba con ojos atentos esos detalles, pero no sentía amargura, ni hubiera deseado cambiar mi casa por la de Baltasar, aunque me diera envidia su televisor: me intrigaba la docilidad y el silencio de mis abuelos en cuanto entraban en aquella casa, y cuando volvíamos a la nuestra espiaba adormilado sus conversaciones. Escuchaba sus voces llenas de cautela al mismo tiempo que sus pasos cuando subían las escaleras hacia los dormitorios.
– Qué vergüenza, ya no pienso volver más a esa casa.
– Mujer, si nos invitan, no vas a tener la mala educación de no ir.
– Mala educación la de ellos, que sólo les falta escupirnos. Y los humos de la buena señora, "hay que ver la mala suerte que vosotros no hayáis podido comprar una televisión, con lo que se ve que os gusta".
