
– Tienen dinero y nosotros no.
– Tienen dinero porque se lo han robado a otros.
– No empieces con lo mismo.
– Dile que te devuelva lo que era tuyo. Lo que me habría hecho falta para que comieran nuestros hijos.
– También nosotros tuvimos hijos y ellos no. ¿Es que eso no es desgracia? -Dios castiga. Aunque parezca que tarda o que no se da cuenta, Dios acaba dándole a cada uno lo suyo.
4
Después del sol de las cinco de la tarde en la plaza y del aire ardiente, denso del olor húmedo de la savia en los álamos, el portal de la casa de Baltasar, cuando empujo la puerta entornada, es un pozo fresco de sombra:
como cuando me inclino sobre el pozo en nuestro corral y miro al resplandor líquido del fondo y siento en la cara la penumbra fresca en la que resuenan tan nítida y poderosamente el golpe del cubo de estaño contra el agua al hundirse y luego el agua que lo desborda cuando es izado por la soga. A una cierta hora, en las noches de luna llena, se ve la luna exactamente repetida en el fondo del pozo, en el centro de una negrura húmeda más densa que la del cielo. Así verán quizás los astronautas ahora mismo la Tierra por las claraboyas de la nave Apolo Xi, redondas como el brocal del pozo y como el espejo móvil del agua en el fondo. La Tierra azulada, alejándose, envuelta parcialmente en remolinos de nubes, tapada a medias por la noche que cubre un gajo de su esfera, deslumbrada de sol en su hemisferio diurno, girando despacio, mientras nuestro vecino Baltasar agoniza, igual de lentamente, echado en su gran sillón de mimbre, los ojos entornados y la boca entreabierta, en un cuarto que huele a sudor viejo, a cañería y a heces, y en el que las cortinas echadas sólo dejan entrar una tenue raya de la claridad cegadora de julio. En la superficie de la Luna la radiación solar no filtrada por ninguna atmósfera eleva la temperatura a ciento diecinueve grados: en las zonas de sombra hace un frío de doscientos treinta grados bajo cero.
