
No he llamado a la puerta, porque en nuestra plaza las puertas sólo se cierran a la caída de la noche, y en verano mucho más tarde, cuando se disuelven los grupos de vecinos que sacan las sillas al fresco de la calle y conversan huyendo del calor de las habitaciones cerradas, cuando ha acabado la última sesión en el cine de verano y el barrio se queda desierto y en silencio. He empujado la puerta, que es más pesada que la nuestra y tiene una sonoridad más rica al abrirse, y al principio parece que nadie advierte mi llegada. También los golpes del reloj que hay en la pared suenan más profundos que en el de nuestra casa. Faltan dieciocho minutos para la ignición de la tercera fase del cohete Saturno.
Cuando los motores de cada una de las fases y los depósitos de combustible que los alimentan han cumplido su tarea se desprenden de la nave principal y se quedan flotando como satélites de chatarra. Mientras mis pupilas se habitúan a la penumbra me quedo quieto en el portal, esperando a que alguien aparezca, con el miedo a que me vean de pronto y me tomen por un intruso.
Pero la trayectoria de la nave no la lleva en línea recta hacia un objetivo inmóvil, sino hacia el punto de su órbita en el que se encontrará la Luna el sábado que viene por la tarde, según el cálculo infalible de las computadoras.
Mis ojos empiezan a distinguir los contornos de las cosas al mismo tiempo que algunos sonidos se precisan en el pesado silencio y algunos olores familiares y otros extraños llegan a mi olfato. Sobre los olores conocidos de casa opulenta y espacios anchurosos -cuero, cobre bruñido, ropa limpia en profundos armarios, trigo en las cámaras, aceite en las tinajas del sótanoahora prevalece, infectando el aire, un olor de medicinas y de algo que se parece a un principio adelantado de putrefacción.
Yo nunca he olido la muerte humana ni el sudor de miedo en la ropa usada de un enfermo.
