
Ahora, en el gran portal embaldosado, según voy distinguiendo las figuras en las estampas de las paredes, la madera pulida de los muebles, también escucho y huelo, oigo un rumor lejano de pasos, de voces murmuradas, una respiración que suena como esos fuelles de cuero áspero con los que se aviva un fuego declinante. La plaza soleada y ardiente se ha quedado muy lejos, aunque esté sólo a unos pasos. Los sonidos de la calle me llegan tan débilmente ahora como si la penumbra en la que he ingresado fuese un forro de guata envolviendo las cosas. Por eso me sobresalta la voz cercana de alguien que ha venido hacia mí sin que yo lo advirtiera.
– Mi tío te está esperando. ¿Por qué tardabas tanto? ¿No sabes la mala espera que tiene? La sobrina diminuta y tullida se seca las manos enrojecidas con el delantal, o tan sólo se las frota con él en un gesto nervioso. Tiene la cara grande, de color oliváceo, el pelo rizado y muy oscuro, las piernas y los brazos muy flacos, las rodillas protuberantes y torcidas. Mi abuelo dice que es leal como un perro a sus tíos porque la salvaron de la miseria cuando murieron sus padres de hambre o de enfermedad al final de la guerra y no tenía más porvenir que el orfanato y una muerte segura y temprana, tan enfermiza como era. Según mi abuela Baltasar y su mujer la recogieron para tener una criada y hasta una esclava sin pagar un salario. Cuando yo era muy pequeño la sobrina se acercaba a mí para abrazarme y darme besos y yo me echaba a llorar espantado y corría a refugiarme en las faldas de mi madre. No porque fuese fea o contrahecha, sino porque era inexplicable a mis ojos simples de niño: arrugada y adulta y a la vez de estatura infantil, la cabeza tan grande y el cuerpo desmedrado, la joroba en la espalda, los párpados enrojecidos sin pestañas.
