– Tú cada día más alto -dice, con una media sonrisa en su cara entristecida-. Tú cada día más alto y yo más enana.

Levanta la cabeza para mirarme y ve todavía al niño que he sido hasta hace muy poco. Camina delante de mí, a cojetadas, arrastrando unas zapatillas viejas, vestida con un mandil más bien andrajoso que revela todas las penurias y fatigas del trabajo doméstico, como sus manos enrojecidas de lavar y fregar y sus rodillas amoratadas de tanto doblarse sobre ellas para fregar los suelos. La mujer de Baltasar dice que para qué van a comprar ellos una lavadora, si su sobrina deja la ropa más reluciente que cualquiera de las que anuncian en la televisión.

"Le quito el entretenimiento de lavar a mano en la pila del corral y le doy un disgusto". Camino tras ella por un pasillo que sé adónde conduce: a la sala donde tantas veces nos sentábamos para ver la televisión. La sobrina pesa tan poco que sus pasos no suenan sobre las baldosas, tan sólo se oye el roce de sus alpargatas viejas. La huella de cada paso que den los astronautas sobre el polvo de la Luna permanecerá indeleble durante millones de años. En la Luna no hay viento ni lluvia ni tampoco un núcleo de metales candentes como el que hierve en el centro de la Tierra. La Luna es un satélite muerto, una isla desierta de rocas y polvo en medio del espacio.

Ahora el aire se vuelve más cálido y denso, y más profundo el olor a cerrado. En la sala donde está Baltasar, de espaldas al gran televisor apagado, hay un olor a retrete y a cuadra, a orines rancios: también a aceite y a queso. Si los astronautas vomitan mareados por la ingravidez sus vómitos quedan flotando en el aire.



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