
ningún artefacto humano ha alcanzado nunca esa velocidad. Oirán el largo retumbar de un trueno y sentirán bajo sus pies el estremecimiento de la tierra, dentro de un instante, quizás en el próximo segundo. La onda expansiva del despegue les golpeará el pecho con la violencia de una pelota de goma maciza. Quizás tú estarás muerto entonces, quemado, pulverizado, disuelto en la torre de fuego de la explosión de miles de toneladas de hidrógeno líquido: quizás dentro de un segundo no habrás tenido tiempo de saber que estabas a punto de dejar de existir. Eres un cuerpo joven que palpita y respira, un organismo formidable, en el punto máximo de su salud y su poderío muscular, una inteligencia fulgurante, servida por un sistema nervioso de una complejidad no inferior a la de una galaxia, con una memoria poblada de imágenes, nombres, sensaciones, lugares, afectos: y un instante después no eres nada y has desaparecido sin dejar ni un solo rastro, te has esfumado en ese cero absoluto que acaba de invocar la voz nasal y automática de la cuenta atrás.
Pero después del cero no sucede nada, sólo el rumor del aire que no es exactamente aire en los tubos de respiración, sólo los golpes acelerados del corazón dentro del pecho, los puntos rítmicos de luz en una pantalla de control en la que alguien tiene fijos los ojos, registrados y archivados en una cinta magnética que quizás alguien consultará después del desastre para saber el instante justo en el que la vida se detuvo. El cerebro muere y el corazón sigue latiendo unos pocos minutos, o es al revés, el corazón se para y en el cerebro dura espectralmente la conciencia como una brasa a punto de apagarse bajo la ceniza que se enfría. Lava helada y ceniza es el paisaje que estarán viendo tus ojos al final del viaje que ahora mismo no sabes si llegará a empezar, atrapado en este segundo que viene después del cero y en el que no retumba la explosión deseada y temida.
