
Era una vista espléndida. Más allá de los barcos de guerra había varias fragatas ancladas. Ya habían cumplido una guardia nocturna en la boya Warner y si Drinkwater se hubiese mostrado menos turbado por la pérdida del bichero, habría prestado más atención. Sin embargo, ahora podía regalarse los ojos con una escena que su educación provinciana le había negado. Más allá del fuerte Gilkicker, se erguían aún más mástiles sobre los cascos que, con la distancia, parecían de un azul grisáceo. Los inexpertos ojos de Drinkwater no reconocieron las siluetas de los buques de transporte.
Era una flota magnífica. Gran Bretaña se esforzaba para conjurar la amenaza que se cernía sobre sus posesiones de las Antillas y socorrer a la renqueante flota estacionada en América del Norte. Durante dos años, desde la rendición del ejército de Burgoyne, Gran Bretaña había intentado que el artero Washington presentase batalla, al tiempo que contenía la creciente partida de enemigos europeos, que intentaban arrebatarle las distantes colonias en cuanto bajaban la guardia.
Este afanoso esfuerzo se había visto agravado por la corrupción, la malversación y la especulación que infectaban la vida pública en general, y la flota de lord Sandwich en particular. Aunque todo esto no preocupaba a Drinkwater pues ante él se extendía un espectáculo grandioso. Conforme el esquife se acercaba al enorme costado del Sandwich, el capitán Hope llamó la atención de Morris y este viró para encarar el mar.
– ¡Esos remos! -ordenó, y las palas se colocaron en horizontal, chorreando.
Drinkwater miró alrededor buscando la causa para dejar de bogar, pero no pudo encontrar ninguna. Al mirar de nuevo al Sandwich percibió cierto trajín en cubierta.
Los rutilantes oficiales, vestidos de azul y blanco, dirigían sus límpidos catalejos a popa, en dirección a Portsmouth. Drinkwater podía apenas vislumbrar los sombreros negros de los infantes de marina en formación. Entonces, se oyó el redoble de un tambor y los sombreros desaparecieron tras una hilera de bayonetas plateadas al hombro. Sonó un pitido estridente que hizo detener toda la actividad en el Sandwich. El enorme buque parecía aguardar anhelante mientras una pequeña esfera negra se erguía en el mástil del palo mayor.
