Aquí y allá también aleteaba en lo alto el banderín cuadrado de algún vicealmirante o contraalmirante. La luz del sol centelleaba sobre los dorados mascarones y los balcones de proa de los navíos de guerra, que se mecían tranquilos proa al viento. El mar estaba salpicado por embarcaciones pequeñas. Las naves de cabotaje navegaban a vela para evitar arrastrar a los botes, que eran de todos los tamaños imaginables. Las pequeñas lanchas y esquifes transportaban oficiales y capitanes. Las chalupas y cúteres gobernados por minúsculos guardiamarinas u orgullosos ayudantes del segundo oficial portaban pertrechos, pólvora o munición del astillero. Las gabarras y chalupas para el reparto del agua, tripuladas por civiles arrogantes bajo la protección de los trozos de leva forzosa, arremetían contra los navíos de guerra. Parecía interminable el duelo verbal de los capitanes y los ansiosos tenientes de navío que agitaban sus órdenes de aprovisionamiento. Drinkwater no había visto jamás este derroche de energía y actividad. Sobrepasaron un pequeño cúter con media docena de rameras acicaladas, pálidas por el balanceo. Dos de ellas saludaron descaradamente a la tripulación del esquife, que sintió una oleada de lujuria, pues estaban poco habituados a aquellos corpiños rebosantes.

– ¡Vista al barco! -gritó Morris, pavoneándose, aunque él mismo ojeaba la exuberancia de los apretados corsés.

Ya estaba cerca el Sandwich y un sudor frío empapó de nuevo la frente de Drinkwater. Mientras se retorcía inquieto, resolvió su problema fortuitamente al dar su mano con algo afilado. Miró hacia abajo y, bajo el enjaretado, pudo entrever algo parecido a un gancho. Levantó uno de los listones. En la sentina había un pequeño rezón con un gancho en el extremo. Así se libró de otra zurra. Al sacarlo, se inclinó hacia la boza del esquife y se enroscó el seno en la mano. Ya tenía un sustituto para el bichero. Pudo tranquilizarse y contemplar de nuevo la escena que le rodeaba.



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