El joven Drinkwater consiguió sobreponerse y sobrevivir a la travesía hasta Spithead. A pesar del dolor de sus posaderas, hubo de aprender los pormenores del gobierno de un barco de vela, pues las rachas de poniente obligaban a la fragata a virar a barlovento, una y otra vez, en una lucha implacable. Hasta la segunda semana de octubre de 1779, la Cyclops no pudo fondear en St. Helen's Roads, al abrigo de Bembridge.

Apenas había empezado a ciar la Cyclops, con la gavia amurada y el cable deslizándose por el escobén, ya estaba el teniente de tercera pidiendo el esquife del capitán. Morris hacía las veces de contramaestre y apostó a Drinkwater a proa, donde un marinero sonriente le tendió un bichero. El esquife cabeceó siguiendo el cintón del costado de la fragata, enganchado a las cadenas principales. Drinkwater podía oír por encima de su cabeza las fuertes pisadas de los infantes de marina formando en el portalón. Después oyó los sonidos de los silbatos y alzó los ojos. En el portalón aguardaba el capitán Hope, sujetándose el sombrero. Era la segunda vez que Drinkwater le veía cara a cara tras su breve encuentro. Sus ojos se encontraron: sobrecogidos, los del muchacho; indiferentes, los del capitán. Hope se dio la vuelta, se agarró al cabo y se inclinó hacia la embarcación. Descendió por el costado hasta quedar a un pie del cintón y esperó a que el bote se elevase. Luego saltó a bordo, cayendo con muy poca dignidad entre los remos, trepó por la bancada del medio, mientras los marineros se apartaban con deferencia, y se sentó.

– ¡A los remos! -gritó Morris.

– ¡Empujen a proa! -Drinkwater empujó con el bichero todo lo que pudo y al hacerlo se le enganchó en las cadenas. Intentó desengancharlo mientras la proa caía pero no pudo; el mango se le escurrió de las manos y el bichero quedó absurdamente colgado en el costado del navío. Se inclinó y consiguió agarrar el extremo del mango, empapado en sudor por el esfuerzo y la humillación, y al intentar otro fuerte tirón casi se cae por la borda.



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