– ¡Siéntense a proa! -rugió Morris, y Drinkwater se desplomó, desbordado por la desesperación.

– ¡Ciar, todos a una!

Los remos azotaron el agua y gruñeron en los toletes. En pocos minutos, el sudor oscurecía las espaldas de los remeros. Drinkwater lanzó una mirada a popa. Morris oteaba al frente, asido a la caña. El capitán miraba distraído a babor, hacia las lejanas orillas verdes de la Isla de Wight.

Entonces, una idea golpeó a Drinkwater. Había dejado el bichero enganchado al costado de la fragata. ¡Por todos los santos! ¿Qué iba a utilizar cuando llegaran al buque insignia? Le embargó un pánico repentino mientras buscaba por entre las escotas de proa algún otro gancho: no había ninguno.

Durante casi veinte minutos, mientras el esquife se balanceaba en el mar de espuma y la brisa del oeste hacía salpicar las olas, Drinkwater era la viva imagen de la indecisión agónica. Sabía que se dirigían al buque insignia, el buque de Su Majestad Sandwich, de noventa cañones, donde hasta los marineros contemplarían con desdén el ordinario esquife de la fragata. Cualquier irregularidad detectada en el gobierno de la embarcación sería objeto de chanza, para injuria de la Cyclops. Entonces, le golpeó un segundo pensamiento. Cualquier muestra de impericia marinera afectaría también al señor Morris, y no era probable que Drinkwater saliese indemne de semejante ofensa. La perspectiva de recibir otra paliza aterrorizaba al muchacho.

Drinkwater miró al frente. Allí estaba la costa de Hampshire y los bloques parduscos de las fortalezas de Gosport y Southsea, dorados por el sol, protegiendo la entrada del puerto de Portsmouth. Entre el esquife y la costa descansaba una larga hilera de navíos de línea anclados, con sus gigantescos cascos bajo los mástiles y las vergas alineadas. Grandes enseñas se agitaban briosas a popa y el estridente aleteo de las banderas británicas en los castillos de proa le confería un aire festivo a la escena.



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