
¿Quién era él para poner en duda la prudencia de Edmund? Tal vez él mismo querría también tener más hijos a la madura edad de treinta y ocho.
Cuando Anthony se enteró ya era última hora de la tarde. Regresaba de una larga y dura cabalgada con Benedict y acababa de entrar por la puerta principal de Aubrey Hall, el hogar ancestral de los Bridgerton, cuando vio a su hermana de diez años sentada en el suelo. Benedict estaba aún en los establos pues había perdido una tonta apuesta con Anthony que le exigía cepillar ambos caballos de arriba abajo.
Anthony se paró en seco al ver a Daphne. Era sin duda inusual que su hermana estuviera sentada en medio del suelo en el vestíbulo principal. Era incluso más inusual que estuviera llorando.
Daphne nunca lloraba.
– Daff -le dijo con vacilación, era demasiado joven para saber qué hacer con una fémina llorosa y se preguntaba si alguna vez aprendería-, ¿qué…?
Pero antes de que pudiera acabar la pregunta, Daphne levantó la cabeza y el tremendo sufrimiento en aquellos grandes ojos marrones atravesó a Anthony como un cuchillo. Dio un paso tambaleante hacia atrás pues sabía que algo había pasado, algo terrible.
– Ha muerto -susurró Daphne-. Papá ha muerto.
Durante un momento, Anthony tuvo el convencimiento de que había oído mal. Su padre no podía haber muerto. Otras personas morían jóvenes como el tío Hugo, pero el tío Hugo era pequeño y débil. Bueno, al menos más pequeño y más débil que Edmund.
