– Te equivocas – le dijo a Daphne -. Tienes que estar equivocada.

La niña sacudió la cabeza.

– Me lo ha dicho Eloise. Le ha… ha sido una…

Anthony sabía que no debía coger y zarandear a su hermana sollozante, pero no pudo contenerse.

– ¿Que ha sido qué, Daphne?

– Una abeja -susurró-. Le ha picado una abeja.

Por un instante, lo único que Anthony pudo hacer fue mirarla con fijeza. Finalmente con voz áspera y apenas reconocible dijo:

– Un hombre no se muere por la picadura de una abeja, Daphne.

La niña no dijo nada, continuó allí, sentada en el suelo. Su garganta se agitaba temblorosa mientras intentaba contener las lágrimas.

– Ya le han picado antes -añadió Anthony elevando el volumen de voz-. Yo estaba con él una vez. Nos picaron a los dos. Nos encontramos un panal. A mí me picó en el hombro. -De forma instintiva, subió la mano para tocarse el punto en que la abeja le había picado tantos años atrás. Y añadió en un susurró-: A él le picó en el brazo.

Daphne le miraba con fijeza y con una inquietante expresión de perplejidad.

– No le pasó nada -insistió Anthony. Podía oír el pánico en su voz y sabía que estaba asustando a su hermana, pero era incapaz de controlarlo-. ¡Un hombre no puede morir por una picadura de abeja!

Daphne sacudió la cabeza, de pronto sus ojos oscuros parecían los de alguien cien años mayor.

– Ha sido una abeja -dijo con voz hueca-. Eloise lo vio. En un momento estaba allí de pie y al siguiente estaba… estaba…

Anthony sintió que algo muy extraño crecía dentro de él, como si sus músculos estuvieran a punto de saltar de su piel.

– Al siguiente estaba ¿qué, Daphne?

– Muerto. -Parecía desconcertada por aquella palabra, tan desconcertada como se sentía él.

Anthony dejó a Daphne sentada en el vestíbulo y subió los peldaños de la escalera de tres en tres para ir al dormitorio de sus padres. Seguro que su padre no estaba muerto. Un hombre no podía morirse de una picadura de abeja. Era imposible. Una completa locura. Edmund Bridgerton era joven, era fuerte. Era alto y de hombros anchos, tenía una musculatura poderosa y, por Dios, ninguna abeja insignificante podía haberle derribado.



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