Pero cuando Anthony llegó al pasillo del piso superior, pudo detectar por el silencio de la docena más o menos de criados inmóviles que la situación era nefasta.

Y sus rostros de lástima… aquella lástima en sus rostros le obsesionaría el resto de su vida.

Pensó que tendría que empujarles para que le permitieran entrar en la habitación de sus padres, pero los criados se apartaron como si fueran gotas del Mar Rojo, y cuando Anthony abrió la puerta de par en par, supo la verdad.

Su madre estaba sentada sobre el borde la cama, sin llorar, sin tan siquiera emitir un sonido, tan sólo sostenía la mano de su padre mientras se balanceaba hacia delante y atrás.

Su padre estaba inmóvil. Inmóvil como…

Anthony ni siquiera quería pensar en aquella palabra.

– ¿Mamá? -llamó con voz entrecortada. No la llamaba así desde hacía años; había sido «madre» desde que marchó a Eton.

Ella se volvió, despacio, como si oyera su voz a través de un largo, largo túnel.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó Anthony en un susurro.

Ella sacudió la cabeza, con la mirada por completo distante.

– No sé -contestó. Sus labios se quedaron separados unos dos centímetros, como si quisiera decir algo más y luego hubiera olvidado hacerlo.

Anthony se adelantó un paso con movimiento torpe e irregular.

– Ha muerto -susurró finalmente Violet-. Ha muerto y yo… oh, Dios, yo… -Se llevó una mano al vientre, hinchado y redondo por el embarazo-. Se lo dije, oh, Anthony, se lo dije…

Parecía que fuera a hacerse añicos desde dentro hacia fuera. Anthony se tragó las lágrimas que le quemaban los ojos y le escocían la garganta y se fue al lado de su madre.



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