
– Tranquila, mamá -dijo.
Pero sabía que no era así de sencillo.
– Le dije que tenía que ser el último -soltó entre jadeos, sollozando contra el hombro de su hijo-. Le dije que no podía quedarme otra vez embarazada y que tendríamos que tener cuidado y… oh, Dios, Anthony, lo que daría por tenerlo otra vez aquí y darle otro hijo. No lo entiendo. Es que no lo entiendo…
Anthony la abrazó mientras ella lloraba. Sin decir nada. Parecía inútil intentar encontrar alguna palabra que se correspondiera con la devastación en aquel corazón.
Él tampoco lo entendía.
Más tarde aquella misma noche llegaron los médicos, quienes manifestaron su perplejidad. Habían oído hablar de cosas de este tipo, pero en alguien tan joven y fuerte… Él era tan vital, de una naturaleza tan poderosa; nadie podía haberlo imaginado. Era cierto que el hermano menor del vizconde, Hugo, había muerto de forma bastante repentina el año anterior, pero estas cosas no venían necesariamente de familia y, aparte, aunque Hugo también había muerto al aire libre, nadie había advertido que le picara una abeja.
Pero, claro, también era cierto que nadie estaba mirando. Nadie podía haberlo sabido, repetían los médicos una y otra vez, hasta que Anthony sintió ganas de estrangularlos a todos. Tras un buen rato, consiguió que se fueran de la casa y consiguió acostar a su madre. Tuvieron que llevarla a una habitación desocupada. A Violet le perturbaba la idea de dormir en la cama que había compartido durante tantos años con Edmund. Anthony también consiguió mandar a la cama a sus seis hermanos, diciéndoles que por la mañana tendrían que hablar todos ellos, que todo iba a ir bien y que se ocuparía de ellos como le habría gustado a su padre.
Luego entró en la habitación en la que aún yacía el cuerpo de su padre y se quedó mirándolo. Le miró y le miró, con fijeza, durante horas, sin apenas parpadear.
Y cuando salió de la habitación, lo hizo con una visión nueva de su propia vida, una nueva noción de su propia mortalidad.
