
– Por fin, detective Bosch.
Bosch se volvió. Irving se hallaba en el umbral de la pequeña estación.
– Entrad -dijo, señalando a Bosch y a su equipo.
Penetraron en una habitación atestada de gente presidida por las enormes y viejas ruedas de los cables que en otro tiempo movían a los coches del funicular por la pendiente. Bosch recordó haber leído que hacía unos años, cuando Angels Flight fue rehabilitado después de permanecer un cuarto de siglo en desuso, las ruedas y los cables habían sido sustituidos por un sistema eléctrico controlado por ordenador.
A un lado de las ruedas quedaba el espacio justo para una pequeña mesa y dos sillas desplegables.
En el otro estaba el ordenador que movía el funicular, una banqueta para la persona que lo operaba y una pila de cajas de cartón. La superior estaba abierta y mostraba un montón de folletos sobre la historia de Angels Flight.
De pie junto a la pared del fondo, en la sombra detrás de las vetustas ruedas de hierro, con los brazos cruzados sobre el pecho y la vista fija en el suelo, había un hombre de rostro curtido y rubicundo, inconfundible.
Bosch había trabajado anteriormente para el capitán John Garwood, jefe de la División de Robos y Homicidios. Por su expresión, Bosch comprendió que estaba enojado por algo. Garwood no levantó la vista, y los tres detectives guardaron silencio.
Irving se dirigió a un teléfono situado sobre la pequeña mesa plegable y tomó el auricular, que estaba descolgado.
