
En los peldaños junto a la puerta trasera del coche yacía el cadáver boca abajo de un hombre negro vestido con un traje gris oscuro. Desde donde se encontraba, Bosch no pudo ver el rostro del hombre. Y sólo había una herida visible, una herida de bala que había atravesado la mano derecha de la víctima. Bosch sabía que posteriormente, en el informe de la autopsia, sería descrita como una herida defensiva. El hombre había alzado la mano en un vano intento por impedir que le dispararan. Bosch había visto ese gesto en muchas ocasiones a lo largo de los años y siempre le recordaba los actos desesperados que hace la gente cuando está a punto de morir. Levantar la mano para detener una bala era uno de los más desesperados.
Aunque los técnicos entraban y salían de su campo visual, Bosch pudo mirar a través del funicular y contemplar la vía hasta Hill Street, unos cien metros más abajo de donde se encontraba. A los pies de la colina estaba detenido el otro coche, y Bosch vio a un numeroso grupo de detectives junto a los torniquetes y las puertas cerradas del Mercado Central, al otro lado de la calle.
Bosch había montado de niño en el funicular y había observado su funcionamiento. Lo recordaba perfectamente. Un Bosch había montado de niño en el funicular y había observado su funcionamiento. Lo recordaba perfectamente. Un coche hacía de contrapeso del otro. Cuando uno ascendía, el otro descendía, y a la inversa.
