Estaba previsto que el caso más importante en la carrera de Elias se abriera al cabo de dos días. El lunes por la mañana iban a seleccionar al jurado en el tribunal del distrito para juzgar lo que los medios habían bautizado como el caso del Black Warrior, la enésima querella de Elias contra el Departamento de Policía de Los Ángeles. La coincidencia -que sin duda un amplio sector del público no consideraría tal- entre el asesinato de Elias y el comienzo del juicio, haría que la investigación de la muerte del abogado alcanzara fácilmente el siete en la escala de Richter. Los grupos minoritarios rugirían de ira y manifestarían sus justificadas sospechas. Los blancos del West Side expresarían en voz baja su temor a que se desencadenaran más disturbios. Y los ojos de la nación estarían de nuevo fijos en la ciudad de Los Ángeles y en su policía. En esos momentos Bosch estaba de acuerdo con Edgar, aunque por otros motivos distintos a los de su compañero negro. Bosch hubiera dado cualquier cosa por que no le tocara ese caso.

– Jefe -dijo, Bosch volviéndose hacia Irving-, cuando se sepa quién…, quiero decir cuando los medios averigüen que la víctima es Elias, tendremos que…

– Eso no le incumbe -replicó Irving-. Lo que le incumbe es la investigación. El jefe de la policía y yo nos ocuparemos de los medios. Nadie debe decir una palabra sobre la investigación. Ni una palabra.

– Olvídese de los medios -terció Rider-. ¿Y South Central? La gente…

– También nos ocuparemos de eso -le interrumpió Irving-. El departamento establecerá un plan para hacer frente a posibles disturbios. A partir de ahora todo el personal hará un turno de doce horas hasta que comprobemos la reacción de la ciudad. Nadie de los que presenciamos los disturbios de 1992 queremos volver a vivirlos. Pero le repito que eso no les incumbe. Sólo deben preocuparse de una cosa.



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