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– ¿Tiene un cigarrillo, Harry?
– Lo siento, capitán. Estoy tratando de dejarlo.
– Yo también. Supongo que la diferencia es que en lugar de comprar vamos gorreando.
Garwood se apartó del rincón y soltó una bocanada de aire. Movió con el pie unas cajas apiladas contra la pared y se sentó sobre ellas. A Bosch le pareció que tenía un aspecto cansado y envejecido, pero doce años atrás, cuando comenzó a trabajar para él, ya presentaba el mismo aspecto. Garwood no le suscitaba ningún sentimiento especial. Había sido un jefe distante. No confraternizaba con sus hombres fuera del trabajo, no se relacionaba con los chicos en la comisaría, y casi siempre estaba metido en su despacho. En aquella época, Bosch pensó que era mejor así. La actitud de Garwood no le granjeaba la simpatía de sus hombres, pero tampoco le creaba enemistades. Quizá por ese motivo había permanecido tanto tiempo en su cargo.
– Parece que esta vez nos hemos pillado los cojones con la tapa del baúl -dijo Garwood. Luego miró a Rider y añadió-: Disculpe la expresión, detective
En ese preciso momento sonó el busca de Bosch. No era una llamada de su casa, como le hubiera gustado. Era el número personal de Grace Billets. La teniente probablemente quería averiguar qué ocurría. Si Irving se había mostrado por teléfono con ella tan circunspecto como con Bosch, la teniente aún debía de estar en la inopia.
– ¿Es importante? -inquirió Garwood.
– Ya llamaré más tarde. ¿Quiere que hablemos aquí o en el funicular?
– En primer lugar deje que le explique lo que hemos averiguado. Luego puede hacer lo que guste.
Garwood metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, sacó un paquete de Marlboro y empezó a abrirlo.
– ¿No me había pedido un cigarrillo? -preguntó Bosch.
– Sí. Éste es mi paquete de emergencia.
Bosch miró un tanto perplejo a Garwood mientras éste encendía un cigarrillo y luego le ofrecía el paquete de tabaco.
