
Harry rehusó el ofrecimiento y metió las manos en los bolsillos para evitar tentaciones.
– ¿Le molesta que fume? -preguntó Garwood, sonriendo socarronamente.
– En absoluto, capitán. Tengo los pulmones negros como el carbón. Pero mis compañeros…
Rider y Edgar hicieron un gesto con la mano para indicar que no les molestaba el humo. Parecían tan impacientes como Bosch por llegar al fondo de la historia.
– Bien -dijo Garwood-. Esto es lo que sabemos. Es el último parte de la noche. Un hombre llamado Elwood… ¿Elwood…? Un momento.
Garwood sacó un pequeño bloc de notas del bolsillo donde había vuelto a guardar el paquete de tabaco y miró lo que había escrito en la primera hoja.
– Eldrige, sí, Eldrige. Eldrige Peete. El encargado del funicular. Sólo necesitan a una persona, todo está controlado por ordenador. El hombre se disponía a cerrar el funicular hasta el día siguiente. Las noches de los viernes, el último recorrido es a las once. Eran las once en punto. Antes de hacer que descienda el coche que está arriba, Eldrige sale y cierra la puerta. Luego regresa aquí, da las instrucciones al ordenador y hace descender el coche.
Garwood consultó de nuevo su bloc de notas.
– Esos artilugios tienen nombre. El coche que mandó para abajo se llama Sinaí y el que hizo subir se llama Olivos. Son nombres de montes que figuran en la Biblia. Cuando Olivos llegó aquí, a Eldrige le dio la impresión de que el coche estaba vacío. De modo que salió para cerrarlo, porque luego tiene que ponerlos nuevamente en marcha y el ordenador hace que se detengan uno junto al otro a mitad del carril.
Bosch miró a Rider e hizo un gesto como si escribiera en la palma de su mano. La detective asintió, sacó un bloc y un bolígrafo de su voluminoso bolso y empezó a tomar notas.
– Cuando Elwood, quiero decir Eldrige, salió para cerrar el coche, se encontró a los dos cadáveres dentro. Entonces regresó aquí y llamó a la policía. ¿Me siguen?
