
– Sí. ¿Qué pasó a continuación?
Bosch pensaba en las preguntas que tendría que formular a Garwood y probablemente a Peete.
– Nuestros hombres sustituyen temporalmente a los de la División Central, de modo que cuando me llamaron envié a cuatro agentes para que investigaran la escena del crimen.
– ¿No registraron los cadáveres para comprobar su identidad?
– No enseguida. De todos modos, no llevaban ningún documento de identidad. Mis hombres siguieron las normas al pie de la letra. Hablaron con ese tal Eldrige Peete, bajaron la escalera del funicular en busca de casquillos de bala y esperaron a que llegara el equipo forense. La cartera y el reloj del tipo asesinado habían desaparecido, al igual que su maletín, suponiendo que lo llevara. No obstante, consiguieron identificarlo gracias a una carta que el muerto tenía en el bolsillo. Dirigida a Howard Elias. Cuando conocieron su identidad, mis hombres examinaron el cadáver y verificaron que se trataba de Elias. Luego, como es lógico, me llamaron a mí, yo llamé a Irving, él se puso en contacto con el jefe de la policía y decidimos llamarle a usted.
Garwood había pronunciado la última parte de la frase como si él hubiera participado en la decisión de llamar a Bosch. Al mirar a través de la ventana, Harry vio que aún había muchos detectives pululando por el lugar.
– Yo diría que esos hombres hicieron alguna llamada más, capitán -comentó Bosch.
Garwood se volvió para mirar por la ventana, como si no se le hubiera ocurrido que no era habitual ver a quince detectives en el lugar de un crimen.
– Supongo que sí -respondió.
– Bien, ¿qué más? -inquirió Bosch-. ¿Qué más hicieron antes de descubrir quién era el muerto y retirarse del caso?
– Hablaron con Eldrige Peete, como ya le he dicho, y examinaron la zona alrededor de los coches. De arriba abajo. Ellos…
