
– ¿Encontraron algún casquillo?
– No. El asesino es cuidadoso. Recogió todos los casquillos. Pero sabemos que utilizó un arma del nueve.
– ¿Cómo lo averiguaron?
– Por la segunda víctima, la mujer. El disparo la atravesó. La bala impactó en el marco de acero de la ventanilla situada detrás de ella, se aplastó y cayó al suelo. Está muy deteriorada para hacer comparaciones, pero todo indica que es una pistola del nueve. Hoffman dijo que seguramente se trata de un arma federal, pero tendrá usted que esperar al análisis de balística para saberlo con certeza. Suponiendo que llegue hasta allí.
Perfecto, pensó Bosch. El nueve era el calibre del arma de la policía. Y el hecho de que el asesino recogiera los casquillos era muy revelador. Nada frecuente.
– Según mis hombres -continuó Garwood-, Elias fue asesinado poco después de llegar allí. El tipo se acercó y le disparó primero en el culo.
– ¿En el culo? -preguntó Edgar.
– Así es. El primer disparo le alcanzó en el culo. Elias se disponía a subir al funicular, de modo que estaba a pocos pasos de la acera. El tipo se acercó por detrás y le metió el primer balazo en el culo.
– ¿Y luego? -preguntó Bosch.
– Creemos que Elias cayó al suelo y se volvió para mirar a su agresor. Alzó las manos, pero el tipo volvió a dispararle. La bala le atravesó una mano y le dio en la cara, entre los ojos. Esa es probablemente la causa de la muerte, el disparo en el rostro. Elias cae de nuevo, boca abajo. El tipo se sube en el funicular y le dispara otro tiro en la nuca, a bocajarro. Luego levanta la vista y ve a la mujer, en la que seguramente no había reparado. Le dispara a una distancia de cuatro metros aproximadamente. La bala le atraviesa el pecho. La mujer muere en el acto. No hay testigos. El tipo le quita la cartera y el reloj a Elias, recoge los casquillos y se larga. Al cabo de unos minutos, Peete hace subir el coche y encuentra los cadáveres. Ahora ya saben lo mismo que nosotros.
