
Bosch y sus compañeros guardaron silencio durante un buen rato. El escenario que había descrito Garwood no acababa de convencer a Bosch, pero no conocía aún suficientes pormenores sobre el crimen para cuestionar el informe del capitán.
– ¿El robo parecía auténtico? -preguntó por fin Bosch.
– A mí me lo pareció. Sé que la gente del sur no querrá darse por enterada, pero es la realidad.
Rider y Edgar permanecían callados como estatuas.
– ¿Y la mujer? -preguntó Bosch-. ¿El asesino le robó algo?
– Parece que no. Yo creo que el asesino no pretendía subir al funicular. En cualquier caso, el blanco era el abogado vestido con un traje de mil dólares.
– ¿Peete oyó algún disparo o algún grito?
– Dice que no. Me contó que el generador de electricidad está instalado bajo tierra, justamente aquí, y que como emite todo el día un ruido parecido al de un ascensor, él se pone tapones en los oídos. No oyó nada.
Bosch rodeó las ruedas de los cables y observó la caseta del operador del funicular. De pronto reparó en que habían instalado sobre la caja registradora un pequeño vídeo con una pantalla segmentada que mostraba cuatro vistas de Angels Flight, desde una cámara instalada en cada uno de los coches y otra situada encima de cada terminal. En una esquina de la pantalla Bosch vio una imagen del interior del coche llamado Olivos. Los técnicos que trabajaban en la escena del crimen aún estaban examinando los cadáveres.
Garwood se acercó por el otro lado de las ruedas.
– No ha habido suerte -dijo-. Las cámaras emiten en vivo; las imágenes no quedan grabadas en cinta. Las cámaras sirven para que el operador compruebe que todos los pasajeros han subido al coche y están sentados, antes de poner en marcha el funicular.
– ¿No vio al…?
– No miró -repuso Garwood, sabiendo lo que iba a preguntarle Bosch-. Sólo miró por la ventana, pensó que el coche estaba vacío y lo hizo subir para cerrarlo.
