Sheehan se despidió con un breve saludo militar y atravesó la plaza. Bosch centró de nuevo su atención en el interior del funicular mientras se enfundaba unos guantes de goma. Los técnicos habían vuelto a encender las luces y estaban acabando su trabajo con el láser. Bosch conocía a uno de ellos llamado Hoffman. Trabajaba con una ayudante de la que Bosch tenía referencias aunque no conocía. Era una mujer asiática muy atractiva, con unas tetas enormes. Bosch había oído comentar sus atributos y cuestionar su autenticidad a algunos detectives en la comisaría.

– ¿Puedo entrar, Gary? -preguntó Bosch, asomándose a través de la puerta del funicular.

Hoffman estaba organizando su equipo de instrumentos antes de cerrarlo.

– Pasa -dijo alzando la vista-. Estamos terminando. ¿Te han asignado el caso, Harry?

– Sí. ¿Tienes algo para mí, algo que me pueda ayudar a resolverlo?

Bosch entró en el coche, seguido de Edgar y Rider. Como se trataba de un funicular, el suelo consistía en unos escalones que conducían a la otra puerta. Los asientos también estaban escalonados, a ambos lados del pasillo central.

Bosch observó los asientos de madera y recordó lo duros que le parecían cuando era un niño delgaducho.

– Me temo que no -respondió Hoffman-. No hemos descubierto nada interesante.

Bosch asintió con la cabeza y bajó unos escalones para dirigirse hacia el primer cadáver. Observó a Catalina Pérez como si se tratara de una escultura en un museo. El objeto que tenía ante sí apenas le parecía humano. Bosch estudió los detalles para hacerse una idea de lo ocurrido. De pronto se fijó en la mancha de sangre y en el pequeño orificio que había hecho la bala en la camiseta de la mujer asesinada. El proyectil la había alcanzado en el corazón. Bosch reflexionó sobre el particular e imaginó al asesino situado en la puerta del coche, a cuatro metros de distancia.



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