Aunque estaba parcialmente oculta por la sangre adherida al cabello, aún se apreciaban las quemaduras causadas por la pólvora y unos desgarrones que formaban un dibujo circular en torno a la herida. El disparo en el rostro era limpio. Eso no quería decir que no hubiera sangre, la había en gran cantidad, sino que no se observaban quemaduras de pólvora en la piel. La bala que le había herido en el rostro había sido disparada a bastante distancia.

Bosch alzó el brazo del cadáver y volvió la mano boca arriba para examinar la herida de entrada en la palma. Movió el brazo con toda facilidad. El aire fresco de la noche había retrasado el rigor mortis. En la palma de la mano no se observaban quemaduras de bala. Bosch calculó que el arma se hallaba al menos a un metro de la mano en el momento en que el asesino disparó la bala. Si Elias había extendido el brazo con la palma hacia arriba, había que añadir otro metro de distancia.

Edgar y Rider se acercaron al segundo cadáver. Bosch sintió la presencia de los detectives tras de sí.

– Entre dos y dos metros y medio de distancia, a través de la mano y entre los ojos -dijo Bosch-. Este tío sabe disparar. Será mejor que no lo olvidemos cuando tengamos que abatirlo.

Nadie dijo nada. Bosch confiaba en que sus compañeros hubieran captado el tono de confianza y de advertencia con que había pronunciado la última frase. Cuando se disponía a depositar la mano del cadáver en el suelo observó un rasguño que le recorría la muñeca y el canto de la mano. Harry dedujo que la herida se había producido cuando el asesino le había quitado a Elias el reloj. Examinó la herida detenidamente. No había sangre. Era una laceración limpia y blanca que discurría por la superficie de la piel tostada, aunque lo suficientemente profunda para haber sangrado.

Bosch reflexionó unos momentos sobre el asunto. El asesino no había disparado a la víctima en el corazón sino en la cabeza. El desplazamiento de sangre de las heridas indicaba que el corazón había continuado latiendo durante varios segundos como mínimo después de que Elias cayera abatido. Todo indicaba que el asesino le había arrancado el reloj poco después de dispararle; evidentemente, no tenía motivos para demorarse. Sin embargo, el rasguño de la mano no había sangrado. Daba la impresión de que se había producido mucho después de que el corazón hubiera dejado de latir.



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