
La plaza constituía el foco central de Bunker Hill, un patio de piedra formado por dos torres de oficinas de mármol colindantes, un rascacielos de apartamentos y el Museo de Arte Moderno. Había una gigantesca fuente con un estanque en el centro, pero las bombas y luces no funcionaban a esas horas y el agua aparecía quieta y negra.
Más allá de la fuente, en lo alto de Angels Flight, se alzaba la pintoresca estación estilo revival y la caseta de las ruedas y los cables. La mayoría de investigadores y detectives se hallaban congregados junto a esta pequeña construcción, como si esperaran algo. Bosch trató de localizar el reluciente cráneo afeitado de Irvin Irving, pero no lo vio. Él y sus compañeros cruzaron por entre la multitud y se dirigieron hacia el funicular detenido en la parte superior de la vía. Al mirar en torno a él, Bosch reconoció a varios detectives de Robos y Homicidios. Eran hombres con los que él había trabajado años antes, cuando formaba parte del grupo de élite. Algunos le saludaron con un gesto de cabeza o llamándole por su nombre. Bosch vio a Francis Sheehan, su antiguo compañero, solo, fumando un cigarrillo. Bosch se separó de sus compañeros y se acercó a él.
– ¿Qué tal, Frankie? -le saludó Bosch.
– ¡Hola, Harry! ¿Qué haces tú por aquí?
– Irving me ha llamado para que viniéramos.
– Pues lo siento por ti, chico. No desearía esto a mi peor enemigo.
– ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
– Será mejor que antes hables con él. Irving quiere tapar el asunto.
Bosch se quedó cortado. Sheehan no tenía buen aspecto, pero hacía meses que Bosch no lo había visto. No sabía a qué se debían las profundas ojeras de sus ojos de mastín ni cuándo se le habían formado. Bosch recordó la imagen de su propio rostro que había visto reflejada en el cristal de la ventana.
