
– ¿Estás bien, Francis?
– Nunca me he sentido mejor.
– De acuerdo, hablaremos más tarde.
Bosch se reunió con Edgar y Rice, que permanecían de pie junto al coche del funicular. Edgar movió la cabeza hacia la izquierda de Bosch.
– ¿Te has fijado, Harry? -preguntó en voz baja-. Son Chastain y su equipo. ¿Qué hacen aquí esos capullos?
Al volverse, Bosch vio a un grupo de hombres de Asuntos Internos.
– No tengo ni puta idea -respondió.
Chastain y Bosch se miraron unos instantes, pero Bosch apartó enseguida la vista. No merecía la pena cabrearse por haberse encontrado con unos tíos de Asuntos Internos. Picado por la curiosidad, Bosch trató de imaginar por qué había tal cantidad de policías en la escena del crimen: los chicos de Robos y Homicidios, los de Asuntos Internos, un subdirector… Tenía que enterarse de lo ocurrido.
Seguido por Edgar y Rider, que caminaban tras él en fila india, Bosch se acercó al coche del funicular. En su interior habían instalado unas luces y estaba iluminado como el cuarto de estar de una vivienda.
Había dos técnicos examinando la escena del crimen. Esto indicó a Bosch que había llegado tarde. Los técnicos encargados de analizar la escena del crimen no entraban en acción hasta después de que los ayudantes del forense hubieran completado el procedimiento inicial: certificar la muerte de las víctimas, fotografiar los cadáveres in situ, examinar los cuerpos en busca de heridas, armas y documentos de identificación.
Bosch se acercó a la parte posterior del coche y miró a través de la puerta, que estaba abierta. Los técnicos trabajaban alrededor de dos cadáveres. Uno de ellos pertenecía a una mujer que estaba tumbada en uno de los asientos, hacia la mitad del coche.
