
Natalie se hizo a un lado, preguntándose si se habían visto en alguna parte. Pero ella no lo hubiera olvidado, los rasgos perfectos, el bronceado profundo que hablaba de un invierno pasado en climas más cálidos. El pelo negro era mas largo de lo que el estricto código de los hombres de negocios dictaba y rozaba el cuello de la cazadora de cuero.
Natalie lo miró de arriba abajo antes de ser ella quien fijara los ojos en el techo. Llevaba vaqueros y una camisa de color caqui y, ¡cielos! Una corbata con una bailarina de «hula-hula» pintada a mano. Natalie reprimió una sonrisa y le miró los zapatos.
– ¿Nos conocemos?
Tenía una voz profunda y cálida, que resonó en la cabina. Por un instante, Natalie no se dio cuenta de que estaba hablando con ella, pero entonces recordó que no había nadie más en el ascensor. Se volvió para hablar, pero apartó la mirada. Su sentido común le decía que ignorara a aquel hombre, sin embargo no podía. Excepto por la corbata, no parecía de los que se dedican a ligar en los ascensores.
– No -murmuró-. No lo creo.
– Es raro. Podría haber jurado…
Natalie se encontró sonriéndole.
– Tengo muy buena memoria para los nombres y las caras. Estoy segura de que no nos conocemos.
El desconocido apretó un botón en el panel. El ascensor se detuvo.
– Esto le va a parecer raro, pero creo que sé dónde nos hemos visto.
Nat hubiera debido asustarse, atrapada en un ascensor detenido con un extraño por toda compañía. Pero el caso era que no tenía miedo. A pesar de todo su sentido común, sabía que aquel hombre no pretendía hacerle ningún daño. La verdad era que su atención la halagaba.
