– Estoy completamente segura de que no…

El hombre se pasó la mano por el pelo y entonces levantó la otra.

– De acuerdo. Fue en un sueño. Estábamos en un velero y yo te… Bueno, la verdad es que eso no importa.

Natalie sonrió otra vez. Desde luego, aquél era el cuento más original que había oído, aunque esperaba algo más suave, más sofisticado. Sin embargo, que el desconocido intentara ligar, le produjo una extraña sensación de placer.

– Todo esto es muy divertido, pero estoy comprometida.

Su declaración pareció pillarlo completamente desprevenido y volvió a fruncir el ceño.

– Pero no puede ser. Se supone que tienes que casarte conmigo.

Natalie abrió desmesuradamente los ojos, de repente recuperó todo su sentido común. Aquel hombre no sólo era guapo, sino que estaba loco, majara, ido sin remedio. Sin perder tiempo, puso en marcha el ascensor pero sólo hasta que el lunático volvió a apretar el botón.

La furia de Natalie empezó a encenderse. ¿Quién se había creído? ¿Qué derecho tenía a secuestrarla en un ascensor?

– Escuche, señor. No sé qué querrá, pero como no…

– ¡Espera! Escúchame un momento. Te juro que no estoy loco.

– No quiero escucharlo -gritó ella-. Llego tarde y estoy comprometida. Nada de lo que usted diga va a cambiar eso.

El hombre cerró los ojos y sacudió la cabeza.

– Tienes razón -dijo mientras ponía el ascensor en marcha-. Es que mi abuela tuvo una visión y ella nunca se equivoca. Y entonces apareciste tú en mi sueño. Y ahora aquí. Y en algún lugar entre la tarta de cumpleaños y este ascensor he perdido por completo el juicio.

El extraño maldijo entre dientes y la observó de soslayo.

– No querrás cenar conmigo esta noche, ¿verdad?

Natalie tuvo que echarse a reír. El sonido burbujeante que brotó de su garganta la dejó sorprendida, porque rara vez encontraba algo que la divirtiera de verdad. No obstante, aquel atractivo desconocido tenía la extraordinaria capacidad de echar abajo su habitual dominio de sí misma.



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