
– Ya se lo he dicho, estoy comprometida.
– Y yo soy Chase -dijo él, ofreciéndole la mano-. El diminutivo de Charles. Me alegro de conocerte. ¿Quizá podamos vernos para tomar un café después del trabajo?
Insegura, Natalie juntó las manos, convencida de que, en el momento en que lo tocara, toda su resolución se derrumbaría y caería víctima de sus considerables encantos.
– No me importa cómo se llame. Y no tomo café. Le repito que estoy prometida.
– ¿Un té entonces? Ya sé, estás comprometida. Pero si no bebes algo, acabarás deshidratada.
Natalie sacudió la cabeza, tentada a decir que sí, pero decidida a no permitirse considerar su oferta. ¿Por qué se movía tan lento aquel ascensor? ¿Y por qué aquel tal Chase tenía un efecto tan desconcertante sobre ella? ¡Natalie Hillyard no hablaba con desconocidos! Aunque el desconocido en cuestión fuera el hombre más atractivo que había visto en su vida. No aceptaba invitaciones de improviso y, desde luego, no se tragaba aquel cuento chino del sueño.
– Agua -insistió él-. Podríamos salir y bebernos un buen vaso de agua.
– ¡No!
Para su alivio, el ascensor llegó a su piso. Ella se apresuró a salir mirando por encima del hombro para asegurarse de que no la seguía. Pero él se había quedado quieto, el hombro apoyado contra la puerta y diciéndole adiós con la mano.
– Te caería bien. La gente dice que soy buena persona.
– ¡Y yo estoy prometida!
Chase se echó a reír y el sonido cálido de su risa llenó todo el pasillo. Natalie abrió la puerta de recepción, decidida a poner la máxima distancia posible entre ella y aquel atractivo extraño.
– Ya nos veremos, cariño -dijo él mientras la puerta se cerraba-. Es el destino.
