
Capítulo 2
– ¡Ya era hora de que llegaras! ¡Se suponía que debías presentarte esta mañana!
Chase metió las manos en los bolsillos de la cazadora. No esperaba que lo recibieran con los brazos abiertos.
– Yo también me alegro de verte, hermanito.
Siento llegar tarde. El ascensor… se ha quedado atascado.
– Nuestros ascensores siempre se encuentran en un perfecto estado operativo -dijo John, y su fanfarronada fue una imitación perfecta de las de su padre-. Tendré que hablar con mantenimiento al respecto.
– Déjalo para después. No es importante.
– Nunca dejes para mañana lo que puedas hacer hoy -dijo John sabiamente.
– Espera, deja que me apunte eso. Quiero bordarlo en mi almohada.
John lanzó un suspiro de exasperación.
– Y veo que esto va a ser una pérdida de tiempo. No sé por qué te has molestado en venir.
Chase le dio una palmadita en el hombro.
– No desesperes, Johnny. Ya que estoy aquí, me encantaría que me dieras una vuelta por las oficinas. Puedes presentarme a toda esa gente tan simpática.
En realidad, sólo había una persona a la que Chase quería conocer. La chica de sus sueños se encontraba en algún lugar de aquel edificio, la rubia preciosa que lo había dejado plantado en el ascensor un momento antes.
Había sido como un puñetazo en el estómago. Se había quedado sin respiración, con la vista borrosa. Por un instante, había tratado de convencerse de que no le resultaba conocida, que sólo era una chica bonita. Pero el recuerdo de su sueño era tan vivido que cada detalle de aquel rostro y de aquel cuerpo estaba grabado en su memoria. Era ella, la misma de la que le había hablado su abuela. Pero ya no se trataba de un sueño, sino de una mujer de carne y hueso y, si había que creer en las predicciones de Nana, algún día acabaría siendo su esposa.
Aunque el tiempo le había enseñado a creer en las visiones de su abuela, se sentía obligado a encontrar una explicación lógica. Pero no tenía respuestas para el torbellino de preguntas que se arremolinaban en su cabeza. Ella trabajaba en las oficinas de las Donnelly Enterprises. Con un poco de suerte, sería una empleada con una mesa y una placa con su nombre. Si no, el recepcionista tendría que acordarse de ella.
