
– Sí, supongo que podríamos empezar con una visita a las oficinas -gruñó John-. Podría presentarte a nuestro equipo de dirección, aunque la mayoría estarán comiendo ahora. Si hubieras leído nuestro boletín, sabrías que hemos consolidado varias divisiones bajo…
– Ahórrate los comentarios, hermano. Tú enséñame las oficinas. Ya te haré las preguntas conforme se vayan presentando.
La visita pareció alargarse horas, tediosas e inútiles horas. Cuando por fin entraron en la sección financiera, Chase estaba a punto de darse por vencido y recurrir al recepcionista. Se volvió hacia su hermano, pero entonces un grupo de mujeres apretujadas en un cuarto de conferencias con las paredes de cristal llamó su atención. Se detuvo de golpe cuando vio que una de ellas levantaba un negligé negro.
– ¡Es ella! -murmuró mirando a través del cristal.
– ¿Qué?
– ¿Quién es esa? Esa de ahí, la que tiene un salto de cama en las manos.
John chasqueó la lengua disgustado.
– Jamás habría esperado un comportamiento tan poco profesional de Natalie Hillyard, pero supongo que todas las mujeres pierden un poco de sentido común antes de casarse. Ella lo hace el mes que viene pero, gracias a Dios, no se va de luna de miel. La señorita Hillyard es nuestra directora de finanzas, lleva todo el departamento. Dentro de unos cuantos años más, estará lista para la vicepresidencia, si no decide echar a perder su carrera con niños y una casa en las afueras.
– Es preciosa.
John frunció el ceño y miró en la misma dirección que su hermano.
– ¿Preciosa? ¿Natalie Hillyard?
Chase asintió.
