
Siempre rebelde, Chase se había presentado con pantalones de deporte arrugados y un polo viejo.
– Aquí está la dama de la casa -anunció el padre, levantándose de la cabecera de la mesa.
Tomó la mano de Nana sin perder ocasión de lanzarle una mirada furiosa a su hijo.
– Quizá ahora podamos comportarnos como adultos.
– Mejor que no -dijo Chase sentándose en su sitio-. Nana se merece ver a nuestra familia en su estado natural, ¿no creéis?
– Será mejor que no -dijo su madre-. Nana, no deberías haber salido sin tu chal. Vas a pillar un resfriado de muerte.
– Después de noventa años, ¿no crees que soy mayorcita como para cuidar de mí misma, Olivia? Chase y yo hemos tenido una charla muy agradable.
– ¿Ya te ha estado pidiendo las cotizaciones de la bolsa? -preguntó John.
Era el mediano de los tres, el más parecido al padre; conservador, engreído y cínico. Patrick, el más joven, aún no había revelado su verdadera personalidad. Aunque demostraba cierta inclinación hacia John, de vez en cuando seguía tomando como modelo a Chase.
Nana empezó a apagar las velas, pero tuvo que dejar gran parte de la tarea para Olivia.
– Le he dicho a Chase que esta noche soñará con la mujer con la que va a casarse.
Mientras la abuela sonreía, todos los ojos se centraron en él. Patrick estaba boquiabierto.
– ¿Chase casado? Antes apostaría mi dinero por la bancarrota de las Donnelly Enterprises.
– ¿Por qué te parece tan difícil de creer? -dijo Chase-. ¿No crees que llegará el día en que siente la cabeza? Me gustaría conocer a una mujer y casarme, no soy distinto del resto de los hombres -añadió a la defensiva.
– Claro -replicó John-. Serías un marido estupendo si fueras capaz de quedarte más de una semana en el mismo sitio y de conformarte con una mujer.
– Cuando conozca a la mujer adecuada, lo sabré. Sólo que aún no ha sucedido.
– Me sorprendería que la encontraras -dijo John.
