– Chicos, es el cumpleaños de Nana -intervino Olivia-. ¿No podemos cambiar de tema?

Por lo general, era el padre quien intermediaba, pero estaba demasiado entretenido viendo el enfrentamiento de sus hijos.

– Careces de las más mínima aspiración en tu carrera -continuó John a pesar de su madre-. Pasas de una cosa a otra como si nada.

– No quiero trabajar en el negocio de la familia -contestó Chase-. Pero eso no significa que no trabaje.

– ¿Cómo puedes considerar ese negocio de importación una carrera? -dijo Patrick, uniendo fuerzas contra la oveja negra-. ¿Cuánto ganas al año?

– ¡Un vendedor de quesos! -exclamó John-. Eso cuando no navega alrededor del mundo persiguiendo mujeres. ¿Cuánto te parece a ti que puede ganar?

– Tengo intereses en una empresa que importa comida de gourmet y vino, no sólo quesos -dijo Chase, esforzándose por mantener la calma-. ¿He de recordaros que el tatarabuelo vendía leche y queso de puerta en puerta con una carretilla?

Nuestra familia mantiene una antigua relación de negocios con el queso.

– ¿Tener un pequeño negocio de importación no se parece ni de lejos a dirigir una división de las Donnelly Enterprises. ¿Cuándo fue la última vez que pusiste un pie en nuestras oficinas? -preguntó John.

– No me acuerdo de la última vez que fui invitado -contestó Chase.

El padre tiró la servilleta sobre la mesa y se levantó maldiciendo en voz baja.

– Pues ahora te invito, maldita sea. Eres accionista y miembro de la junta. Ya es hora de que demuestres algún interés por el negocio. Te presentarás en el despacho de John mañana por la mañana.

– ¿Es una orden?

La expresión del padre se volvió gélida.

– Haz lo que quieras, pero si quieres conservar tu asiento en la junta, te sugiero que dediques unos cuantos días a la semana a aprender un poco más del negocio de la familia -dijo antes de salir del comedor.

Otro silencio incómodo se adueñó de la mesa. Nana miraba a Chase con una expresión curiosa. Como de costumbre, las esposas de John y de Patrick empastaron unas sonrisas educadas en sus labios, manteniéndose a una distancia segura de las riñas familiares. Y Oliva, la eterna forjadora de la paz, se aclaró la garganta antes de empezar a cortar la tarta.



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