
Y yo, llevado por una desazón mecánica, metí a Liberto en la maleta. Antes de que la hubiese cerrado, la vieja lo miró con lástima y dijo haciendo la señal de la cruz: ¡Vaya hombrecito! Así y todo, tenemos que dar gracias a Dios por ser como somos.
No. Este año no volveré a Gardarás. No sería capaz de mirar hacia las laderas de oscuros óleos verdes del montañoso país de Saltón. De día en el pensamiento, y de noche en el soñar.
Ella, maldita alma
Aquel viaje sólo empezó a tener sentido ante la visión de las piedras que se amontonaban tras la catedral.
Era la hora en que la heroica ciudad dormía la siesta. En la celosía del cielo, emplomada de otoño, lanceaba el sol, sin herir, con melancolía, como un haz perezoso de picas. Esos rayos cenitales radiografiaban el aire.
Viendo las partículas en suspensión, ajenas a toda gravedad, Fermín recordó, o la ironía recordó por él, lo que Demócrito decía del alma. Y lo que Demócrito decía era que el alma es un cierto tipo de elemento caliente, de forma esférica, comparable a una de esas motas de polvo que se dejan ver gracias a la luz de las rendijas.
He aquí incontables almas bostezando en el aire, sonrió Fermín. Pero se le torció la sonrisa, en esa distancia corta que lleva a la mueca, cuando se imaginó a sí mismo como una mota de polvo esférica y caliente, sólo visible gracias a un fugaz venablo de luz.
Ese dardo tenía nombre y se llamaba Ana.
Durante años habían sido felices juntos. De una manera, digamos, fraternalmente feliz. Como sacerdote, Fermín animaba una de esas comunidades de base que buscan los orígenes, la hermandad del cristianismo de las catacumbas, la Iglesia de los fundadores, amparada solamente por la loriga, tan frágil como invencible, de la fe y la palabra de Dios. Aquella rama dorada que sería usurpada por el poder de la espada y el dinero. «Si no puedes con ellos, únete a ellos.» Pues no otra cosa ha hecho el poder con la primitiva Iglesia hasta corromperla y convertirla en palio de ricos y dictadores, como con vehemencia exponía Fermín en aquellas informales homilías de unas misas que la comunidad de base denominaba «asambleas del pueblo de Dios».
